Señalar a "la gente" es el refugio perfecto del ego. Al final, uno también es la gente.
Nos hemos inventado un concepto muy conveniente: la gente. Esa masa difusa de personas que no nos conocen, que votan mal, que ensucian las calles, que compran lo que no importa. Es una palabra que carga con todo lo que no queremos ver en nosotros mismos, y funciona de maravilla precisamente porque es tan vaga que nunca apunta hacia adentro.
Antes no era así. En cualquier portal, en cualquier calle, la gente era el vecino que saludaba, el que compartía el olor del café contigo, el que te aguantaba el ascensor. Era alguien concreto, cercano, con nombre. Eso se fue perdiendo. En este mundo empaquetado y aséptico, la gente se convirtió en un avatar: una opinión que estorba el paisaje, un contacto que se borra del Facebook creyendo que al eliminarlo deja de existir fuera de la pantalla.
La realidad no es tu muro de noticias, y mucho menos TikTok.
La realidad es lo que queda cuando se apaga la pantalla y el silencio te envuelve en la cabeza. Ahí también está esa gente, aunque nadie la cuenta.
Hay algo muy cómodo en culpar a la gente. Mientras ellos no hacen nada bien, nosotros lo hacemos todo bien. Es el refugio perfecto para el ego: si la culpa es la gente, uno no tiene por qué cambiar nada. El sistema nos quiere así, estáticos, señalando con el dedo hacia afuera, mientras nos volvemos cada vez más impecables, más prolijos y, por supuesto, más solos, más individuales, menos comunes.
Señalar a la gente es el piloto automático de la hipocresía.
Hay una historia que viene al caso. Una amiga se quejaba permanentemente, de manera muy amarga, de que la gente le robaba. Un día encontró algo en el suelo, en un sitio donde estaban juntos, cerca de una cámara. No era suyo, pero decidió quedárselo porque, según ella, la vida le devuelve lo que le quitan. En ese instante, sin darse cuenta, dejó de ser mi amiga para convertirse precisamente en esa gente. Su ética se volvió líquida como el agua. Se desvaneció.
Y eso pasa todos los días. Uno también se desvanece para otros. Porque al final de cuentas, uno también es la gente.
El problema más profundo no es la hipocresía, es el pánico. Me da pánico sentarme a charlar con quien piensa distinto, cuando en realidad lo que más temo es que la gente piense igual que yo, y que por eso yo me convierta en eso, en la gente.
La gente no son otros, la gente soy yo, la gente también eres tú.
Es el miedo a la masa. Esa imagen de ir a un concierto y convertirse en uno más entre miles, todos grabando con el móvil, todos entorpeciendo la vista del otro. Uno quiere distanciarse de eso, creerse diferente, observador, lúcido. Pero nada más por el hecho de pensarlo, uno ya se convirtió en otro tipo de gente. También es la masa.
Hay algo que se confiesa frente al espejo cada mañana, cada noche, cuando uno se va volviendo más viejo: me voy volviendo más gente. Soy ese bloque uniforme que se mueve por inercia, que consume por hábito, que calla por miedo. Soy parte de una sustancia que critico. Me puse del lado del observador porque ya me da miedo aparecer en pantalla, miedo a ser observado.
"Aunque esto duela, es lo mejor que te puedo decir."
Si estás viendo esto, tú también eres la gente: la que pesa, la que se mide con el algoritmo, la que hace crecer contenidos como este. Cada vez que señalo a la gente para salvar mi conciencia, se activa el piloto automático de la hipocresía que me queda.
La gente no son los otros. La gente somos nosotros, y reconocerlo, aunque duela, es el único punto de partida que vale la pena.