Pertenecer a la generación que fabricó los primeros ordenadores domésticos y lleva un entrenador personal en el bolsillo otorga una ventaja que pocos saben nombrar.
Pertenezco al puente. Soy de los últimos que supimos perdernos en las calles sin GPS, guiándonos solo con un folleto doblado y algo parecido a la inteligencia emocional. Y soy también de los primeros que construyeron los algoritmos que hoy le dicen al móvil de un desconocido dónde está, a qué hora cierra ese sitio, si todavía vale la pena ir. Esa doble pertenencia no es nostalgia ni mérito: es una posición. Una ventaja que muy pocos saben aprovechar.
Hace unos días en el gimnasio, con los cascos puestos, un chico se me acercó en pánico visible. Se le había muerto el móvil. No buscaba solo un cargador ni un cable: buscaba oxígeno. Con una mezcla de lástima, curiosidad y urgencia me preguntó si tenía cargador. Le respondí que no, pero que podía compartirle la carga inversa desde mi iPhone. Su cara se deslumbró. No porque yo tuviera iPhone ni carga inversa, sino porque en ese segundo entendió algo que no esperaba: que la persona delante de él había fabricado el mundo en el que ese teléfono existe.
La edad no es lo que te ves sino lo que sientes. Y lo que yo siento es nuevo.
Lo que intentan vendernos en las pantallas define la vejez por lo visible: las arrugas, las canas, lo que el Botox todavía no congeló. Esa estética de plástico que no permite ni una expresión de duda se ha vuelto el estándar. Y lo curioso, lo verdaderamente curioso, es que son los jóvenes quienes más la solicitan. Al pedirse ese tratamiento, al consentirlo, al insistir en él, se vuelven viejos antes de serlo. Cambian la presencia de vida por la apariencia de juventud.
Yo vivo donde el envejecimiento es una realidad demográfica que condiciona el empleo, la mesa a la que te sientan, las conversaciones a las que te invitan. En el resto del mundo, la edad suele ser el campo de batalla entre quien puede comprar el terreno y quien vive en él para ser explotado. Pero lo que nadie nombra con claridad es que los jóvenes de ahora y los viejos de antes ocupan el mismo lugar. Y se parecen más de lo que cualquiera de los dos estaría dispuesto a admitir.
"Todos corremos el riesgo de convertirnos en un museo viviente, el museo al que solo van quienes saben que está abierto."
Mi generación hizo las cosas que ellos tienen en las manos. Por eso podemos darles ideas, incluso teniéndolas. Les sacamos más provecho que los jóvenes y más provecho que los viejos. Eso es el desequilibrio que condiciona lo que hoy llaman "dejes", ese término que intenta resumir la condición de quien ya cumplió años.
Pero yo defino esa palabra de otra manera. No es la que supone la soledad y el abandono porque la vida no da para más. Es la edad que empatiza con el esclavo digital y con quien cree que un móvil caro le da un estatus mayor. Esa persona, de por sí, ya es vieja. No por las arrugas ni por lo que falta en el espejo, sino por la ausencia de vida en lo que escucha, en lo que toca, en lo que mira.
La ventaja generacional no está en recordar el pasado: está en entender el presente mejor que quienes lo habitan.
Esta edad que me dicen que tengo no es el final de nada. Es el cambio de perspectiva de quien ya no necesita correr para llegar a ningún sitio, porque sabe que es dueño del lugar al que va a llegar. Incluso la tecnología de ese chico en el gimnasio, incluso la de las personas que quiero, ya caduca. El mundo que conocía hace un par de días ya no existe del todo, y eso obliga a aprender cosas nuevas constantemente.
Si el mundo está envejeciendo de todos modos, que al menos lo haga con elegancia, con amor y con la condición fundamental de ser empático con todos. El tesoro social de la edad no debería ser una carga. Debería ser la autoridad de quien ha aprendido a distinguir lo importante de lo trascendente.
Eso es envejecer con la idea.