El bullying, la corrección política y diez conceptos de moda que prometen salvarnos pero solo nos mantienen ocupados y obedientes.
Hubo una mañana en que me levanté sin ganas de revancha. Solo con ganas de un rencor sabroso que me liberara de esa manera hipócrita de vivir una vida que no me aportaba nada, sino que me quitaba el aliento. Fue el primer día que empecé a conectarme con lo que de verdad quiero.
Llegué a ese punto por un camino largo. De niño era flaco y enclenque. El bullying me obligó a ser más veloz y más fornido, y durante años lo que hice fue imitar roles de hipermasculinidad, potenciando cada kilo, cada kilómetro, cada parte de mí que me volviera suficientemente fuerte para que nadie me tocara. Corrí de ciudad en ciudad para que nadie me pillara. Pero en algún momento, en una de esas ciudades, algo se rompió. Me di cuenta de que mientras más me quito capas, mientras más observo y analizo, y mientras más veo que la mayoría de las cosas están llenas de hipocresía, más fácil me resulta vivir.
Lo que aprendí en ese proceso es que no estoy solo. La sociedad entera ha vivido alguna versión de lo mismo: el bullying del jefe, del país donde vives, de la familia que al final es gente conocida que ha estado a tu alrededor manipulándote para que seas lo que ellos quieren que seas. Y en medio de todo eso, nos han vendido un catálogo de conceptos brillantes que prometen salvarnos. Los llamo espejismos. Son diez.
Mientras más me quito capas, mientras más analizo, más fácil me resulta vivir.
El décimo es la sostenibilidad. La expectativa de salvar al mundo comprando cositas de metal o de vidrio. En la práctica es un supermaquillaje verde, una industria que nos vende la salvación en cómodos envases de plástico que no sabemos dónde van a parar.
El noveno es la inclusión. La promesa fabulosa de sentarnos todos a la misma mesa sin importar de dónde venimos. La realidad es más simple: mientras no grites, no huelas mal, sepas usar los cubiertos, o mejor dicho, mientras puedas pagar tu parte de la cuenta, serás bienvenido. Si no, mejor que no vengas ni al país.
El octavo es la resiliencia. Una palabra elegante que le han puesto a algo esencialmente masoquista para que no te quejes de un sistema que está agotado. La pala del siglo.
"La resiliencia es una pala elegante para que no te quejes de un sistema que está agotado."
El séptimo es la autenticidad. Sé tú mismo, dicen. Pero la realidad es que debes parecerte a todos: con el chalequito, con los náuticos, con el idioma ensayado y editado de Instagram. La autenticidad hoy es un producto manufacturado porque ser distinto de verdad tiene un coste que casi nadie quiere pagar.
El sexto es la empatía. No grites, no te burles. Siéntete con el otro. En teoría es estar al mismo nivel de quien sufre. En la práctica es un hashtag que dura 24 horas y que usamos como escudo moral para no tener que actuar de verdad. No llamamos al vecino que tiene el volumen al máximo. Lo ponemos en stories.
El quinto es el éxito. Incluso sin camino ni escaleras claras, hay que llegar a la cima. Pero el éxito es una línea que depende de los algoritmos y de hacia dónde se mueve el mercado. Y siempre, sin excepción, va a robarte la risa de la satisfacción.
El cuarto es el propósito. Se ha convertido en una nueva religión corporativa diseñada para que te sientas culpable. Si por el simple hecho de querer descansar ya sientes que no tienes un propósito en esta vida, ahí está la señal.
El tercero es la transparencia. Nos piden vivir con el cristal súper limpio. Pero la famosa transparencia es otro velo, otra palabra técnica para ocultar que la mayoría no tenemos ni idea hacia dónde vamos, y mucho menos intentamos recordar de dónde vinimos, porque estamos demasiado enredados con el pasado.
El segundo, y de los más peligrosos, es el bienestar. La expectativa es la plenitud, lo sano, la vida equilibrada. Pero la desilusión de esta burbuja alimenta una industria millonaria: aceites y esterillas que no logran curar la soledad urbana.
La autenticidad hoy es un producto manufacturado porque en otra parte no hay para más.
Y el primero, el número uno, es la conectividad. Esa supuesta aldea global donde estamos hiperconectados al 5G de nuestro móvil y eso nos hace supuestamente más cercanos. Pero al mirar alrededor confirmamos que tenemos cero gigas de conexión humana real con lo que ocurre en el mundo. Porque están muy lejos. Porque no se sientan en nuestra mesa.
No es cinismo lo que propongo. Es lo que llamo lucidez. Y la lucidez, aunque a veces sea un plato frío, alimenta más que cualquier pajita de metal o de vidrio.
La única realidad que importa es la que decides construir. Y esa construcción se vuelve posible cuando dejas de intentar encajar en el molde de otros. Si el mundo intenta ponerte el corsé de la corrección política, siempre puedes elegir la salida que te dé la gana. Al menos así, si te pierdes, te has perdido bajo tus propios términos y condiciones.
Si te pierdes que sea bajo tus propios términos. Ya aprenderás lo que tengas que aprender.
El rencor sabroso que menciono no es amargura acumulada. Es la energía de quien observa sin ilusiones forzadas y actúa desde ahí. Eso es lo que nos mantiene despiertos.