Llamar algo "interesante" es la cortesía del olvido: una etiqueta vacía para lo que no nos atrevemos a tocar. Hay una forma más honesta de estar en el mundo.
Hay una palabra que usamos cuando alguien nos gusta lo suficiente como para no ignorarlo, pero no lo suficiente como para dejar que nos afecte. Esa palabra es "interesante." Es la cortesía del olvido, una anestesia que nos impide leer la lluvia en el asfalto o sentir el peso de una mirada. La usamos como manta, como escudo, como excusa para no comprometernos con lo que está frente a nosotros.
Propongo que la dejemos de usar de una buena vez. No porque sea incorrecta, sino porque en la mayoría de los casos es solo una etiqueta vacía que le ponemos a lo que no nos atrevemos a tocar.
Lo obvio es el último refugio de lo real.
Llevo años moviéndome entre el ruido de las cámaras y el brillo de las pantallas, y lo que más se pierde en ese movimiento es la capacidad de detenerse. El interés es fugaz por naturaleza: aparece, titila y desaparece. La observación, en cambio, es una luz constante. Es algo que se percibe al rastro del tiempo, que vives mañana o un mes después como si fuera el instante en que lo sentiste.
Hace unos días vi a alguien en una cafetería, absorto en su teléfono, intentando capturar el ángulo perfecto de su café para que la foto fuera "precisamente interesante." Yo, mientras tanto, estaba oliendo el grano tostado, sintiendo el calor que subía de la mesa, escuchando la gente que conversaba alrededor. A los 57 años, eso no es nostalgia ni rechazo a lo nuevo. Es simplemente saber que no hace falta fabricar mundos. Basta con saber habitar el propio.
"La creatividad ya no es una urgencia adolescente para ser visto y escuchado. Es la maestría de saber que no hace falta fabricar mundos."
Siempre se pregunta por la creatividad como si fuera un truco de magia. Pero crear no es inventar favores artificiales ni buscar lo que nadie ha visto antes. La verdadera potencia creativa nace de la honestidad: sentir lo que te da la cara, sin filtro, sin efecto especial.
No necesitamos efectos especiales para que nuestra vida nos rinda. La creatividad no nace de perseguir lo novedoso, sino de lo físico: oler, tocar, encontrar la belleza en lo que siempre ha estado ahí, esperando ser percibida. El rastro de una caricia, el gesto cansado de quien regresa a casa en el metro, el peso del silencio después de una conversación larga. Eso es material. Eso es suficiente.
Primero viene el asombro. Luego la piel, el sonido. Al final, si acaso, el interés.
Estamos acostumbrados a que el engagement sea nuestra medida de valor. Usamos "interesante" como una causa cuando debería ser, a lo sumo, una consecuencia. Primero viene el asombro, luego la piel y el sonido, después el pensamiento, y solo al final, si acaso, el interés. No podemos seguir permitiendo que la etiqueta preceda al sentimiento, a la reflexión, a lo que realmente nos atraviesa.
No se trata de estar en contra de la tecnología ni de los medios. Se trata de estar a favor de lo que nos hace sentir en casa, de creer que podemos cambiar nuestros hábitos sin importar cuántos años llevamos construyendo los mismos. Es el momento de dejar de ser un eco para convertirnos en un reflejo real de lo que somos, de lo que escuchamos, de lo que olemos, de lo que nos hace vibrar.
Cambiar la profundidad por la rapidez del clic me parece, francamente, terrible. La verdad se percibe con el alma, no se acepta por costumbre. Y aceptarla por costumbre no crea interés genuino, no trasciende, no genera la autoridad de quien se detiene a observar sin ninguna prisa.
No busco que esto te parezca interesante. Solo busco que al terminar de leerme sientas que el aire que respiras es un poco más denso, que el ruido de la calle tiene una melodía absolutamente tuya. Que el mundo que tienes delante es más tuyo de lo que crees.